Tropezarte, caerte, romperte la cabeza contra el suelo, qué más da, era lo que tenías a tu alcance. Pero cuando mirás atrás no encontrás la piedra que te produjo el golpe, te quedás pensando, y te preguntas por qué no me fijo antes de caminar cual sendero elijo.
Yo solía elegir el más lindo, el soleado, lleno de flores, pájaros y hasta a veces golosinas que me conducían a aquel lugar en lo desconocido, me encantaba la idea de no saber mi destino con anterioridad por eso me osaba a seguirlo hasta el final.
Cuando encontré una puerta la abrí con rapidéz un lugar cálido, que tenia un sillón cómodo, una música que denotaba una alegría duradera en aquel lugar, las cosas bastante desordenadas, pero al fin y al cabo limpias. El aspecto demostraba cierto amor, alegría, los colores eran del amarillo al naranja y algunos detalles en rojo.
Me encantaba sentarme y analizar simplemente en el bellísimo lugar en el que me encontraba, raramente me ponía a hablar con las cosas y les preguntaba por qué conseguían ese equilibrio, esa tranquilidad, sin embargo la respuesta era que simplemente la vida en paz era mucho mejor.
Mas aún un día, amargamente decidí recordarle lo inmejorable que me parecía ese lugar, esa belleza, ese amor que me daba, y la tranquilidad, empezaron a borrarse a complicarse y quien sabe que le pasaba.
La casa poco a poco se destruía y mi corazón también en un rincón lloraba en silencio y decidia no volver a enamorarse nunca más.
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